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Redes y nube

ARIA destina 94 millones a servir internet desde drones y pseudosatélites

La agencia británica financia 18 proyectos para llevar cobertura inalámbrica desde plataformas en gran altitud, una vía distinta a la de las constelaciones de satélites.

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La agencia británica de investigación avanzada ARIA va a destinar 94 millones de dólares a desarrollos que sirvan conectividad desde el aire. Son 18 proyectos repartidos en tres años y medio dentro de un programa llamado Enduring Atmospheric Platforms, pensado para cubrir zonas a las que no llega la red terrestre, en Reino Unido y fuera de él.

La vía elegida no es la constelación de satélites: eso lo dejan para China y Rusia, que van detrás de competir con SpaceX. Aquí de lo que se habla es de aeronaves que se quedan quietas sobre un punto y reparten cobertura desde bastante más abajo que una órbita baja.

Semana en el aire y 300 vatios

Las unidades se llaman HAPS, pseudosatélites de gran altitud. La meta que se ha marcado el programa es tener una en vuelo sosteniendo estación durante una semana entera con una carga útil de comunicaciones de 300 vatios. Es una cifra modesta si se compara con la capacidad de un satélite de banda ancha, pero también es un problema de ingeniería distinto: el enlace depende de la autonomía, no de la cobertura orbital.

El trabajo está partido en tres áreas técnicas. TA1 cubre las tecnologías de base, TA2 se ocupa de integrar y probar lo que salga de ahí y TA3 apunta al despliegue sobre el terreno. Además del enlace de datos, el programa contempla alimentar estas plataformas desde abajo, con láseres, microondas y ondas gravitatorias para transmisión de energía inalámbrica. De ese apartado no hay más detalle técnico publicado que el enunciado.

El antecedente más cercano que recordará cualquiera que haya seguido el sector es Loon, los globos estratosféricos de Google, que dieron servicio real tras el huracán María en Puerto Rico y en zonas de Kenia antes de cerrarse en 2021. La idea de una estación aérea persistente no es nueva; lo que cambia cada pocos años es cuánto pesa la electrónica que hay que colgar de ella y cuánta energía hace falta para mantenerla arriba.

Lo que hay que mirar ahora es si alguno de los 18 proyectos pasa de la demostración a algo operativo. El cuello de botella no es la antena ni el módem: es aguantar siete días en estación, con la energía justa y sin que el espectro asignado se convierta en un problema regulatorio con la aviación civil. Con tres años y medio de financiación por delante, habrá tiempo de ver si los números cuadran o si esto se queda en otra tanda de prototipos que vuelan una tarde y no vuelven a volar.