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Nadie paga por el código abierto y forzarlo no funciona: Elastic, HashiCorp y Redis lo intentaron

El patrón se repite: los tres proyectos abrieron la licencia para cobrar y acabaron con un fork delante. Quien sostiene ese software es un 60% de mantenedores que no cobra.

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Cambiar la licencia de un proyecto abierto para cobrar por él no ha salido bien nunca. Elastic lo intentó con Elasticsearch en 2021, HashiCorp con Terraform en 2023 y Redis en marzo de 2024. Los tres acabaron con un fork delante, alojado en la Linux Foundation y respaldado por prácticamente todos los proveedores cloud. Elastic volvió a una licencia abierta en 2024; Redis reinstauró la AGPL en mayo de 2025 y su CEO admitió que el cambio les había costado caro.

Halcones y palomas

El autor lo explica con un modelo de biología evolutiva. En una población que compite por un recurso, los halcones pelean y las palomas comparten; ninguna de las dos estrategias puras se sostiene, y lo que queda es una mezcla estable que a nadie le compensa abandonar. El código cerrado es el halcón: retiene el código y cobra por tener algo que nadie más tiene. El abierto es la paloma: lo regala y gana porque los demás también regalan lo suyo.

El equilibrio al que hemos llegado es muy concreto: cualquiera puede usar el software para lo que quiera, incluido uso comercial, gratis. Eso es MIT, BSD y Apache. Quien ha intentado ser una paloma algo menos generosa ha perdido contra quien siguió siéndolo. Facebook relicenció React bajo MIT en 2017, después de que la Apache Software Foundation vetara su licencia y de que WordPress anunciara que lo dejaba. El patrón se repitió con Elasticsearch, Terraform y Redis, y en los tres casos el fork estuvo listo en cuestión de semanas.

Quién sostiene la torre

El problema es cómo se ve la capa gratuita desde dentro. El 60% de los mantenedores de código abierto no cobra por ese trabajo, y la cifra es la misma en las encuestas de Tidelift de 2021, 2023 y 2024. De los que no cobran, el 61% trabaja solo. Cerca del 60% ha dejado el proyecto o lo ha pensado, y alega lo previsible: tiene vida, perdió el interés, se quemó.

Lo que aguantan esos pocos es desproporcionado. Sonatype miró 1,2 millones de proyectos en 2023 y encontró que el 11% estaba mantenido de forma activa. El Census II de la Linux Foundation concluyó que 136 desarrolladores escribieron más del 80% del código de los cincuenta paquetes más usados. Un estudio de Harvard calculó que sustituir el código abierto costaría 8,8 billones de dólares y que el 5% de los desarrolladores genera el 96% de ese valor. El ecosistema de JavaScript es el caso extremo: multitud de paquetes minúsculos con un mantenedor, o menos, en la base del árbol de dependencias de empresas que se lo juegan todo a ellos. El episodio de xz en 2024, con un backdoor colado durante dos años por un colaborador falso, es lo que pasa cuando esa base cede.

El ensayo termina apuntando a los registros de paquetes como el sitio donde se puede forzar el pago, en lugar de pelearlo en el fichero de licencia. Es una discusión que toca a cualquiera que despliegue: la palanca no está en el LICENSE de una dependencia, está en la infraestructura de la que todo el mundo tira.